A mis 60...

Quisiera ir dejando constancia, ante la sociedad dominicana, el país y la historia; familiares, amigos y relacionados.


Las políticas públicas de construcción, transformación e intervenciones urbanas viales y de transporte que se realizan concentradas en su mayoría en la capital dominicana, no obedecen a proyectos de planificación previamente consensuados por lo que se evidencian desacertadas, mal fundadas en su concepción física y por ende han resultado, en su realización, traumáticas para el medioambiente urbano dada las defoliaciones, obstaculizaciones y las improbables garantías de funcionalidad que las mismas puedan ofrecer en el futuro y lo onerosas que han resultado para el erario, sin que estas hayan podido demostrar, en la práctica, que han solucionando algún problema vial de interés colectivo que no haya sido el aumento de la velocidad de traslado por el centro de la ciudad, el aumento de la capacidad de carga concentrándola para su paso por el centro neurálgico de la capital dominicana, el aumento de riesgos de accidentes en plena médula urbana, y el irresponsable traslado de los problemas que se disponían a solucionar, a otros puntos de tráfico inmediatos presionando los entornos colateralmente.

Privilegiar el movimiento automotriz es deshumanizar las ciudades. Para realizar estas desafortunadas intervenciones se han visto afectados los anchos de aceras para el viandante y absurdamente todos los puentes peatonales -elevados- que se han construido, los han realizado sin rampas, convirtiéndolos en excluyentes, aún en sitios donde las longitudes de superficie para las facilidades inclinadas de ascenso y descenso lo permiten.

La imposición de modelos culturales ajenos, extrapolados desde naciones desarrolladas, se oponen a los que tradicionalmente han caracterizado el comportamiento colectivo del conglomerado nacional, dando al traste con un sentido de vida ambiental y culturalmente más sencilla y coherente, armónica, caribeña y antillana, restándole singularidad característica al paisaje urbano como atractivo escenográfico heredado, incluyendo el apabullante entorno arquitectónico con que las ciudades dominicanas intentan hacer ostentación de un falso progreso manifiesto en colindantes edificaciones en alturas (eludiendo normas de seguridad básicas), lo que evidencia un peor y mal interpretado desarrollo que no refleja el bienestar humano alguno.

Los poderes gubernamentales, el municipal y el central, no han actuado históricamente en armonía de trabajo. Lo han hecho divorciados de una coherencia participativa, desdeñando las opiniones públicas y violando los elementales derechos de la ciudadanía.

La dispersión, el caos, el desarraigo, el desorden y los desequilibrios son cada vez más acentuados en Santo Domingo, donde no hay ni siquiera estabilidad en el suministro de energía desde hace más de 45 años y falla, desde antes, la distribución de agua potable en todos los subsectores barriales. A eso hay que agregar ahora el caos vehicular, alentado por la falta de planificación vial, la falta de autoridad y sincronización tecnológica, y la muy mala educación y prepotencia de quienes conducen. Los problemas infraestructurales, aquellos sanitarios del subsuelo, los de salud pública y garantías ambientales mínimas, escasean no sólo en la periferia, sino en pleno centro opulento y ostentoso.

Ante ese panorama, en el umbral de los 60 años, y tras haber acumulado suficiente conciencia sobre los problemas humanos y urbanos de los conglomerados, dentro y fuera del país, dejamos constancia de que no hemos sido copartícipes del estado de cosas que afectan a la capital dominicana ni a otras ciudades, y en ellas a sus habitantes, usuarios y visitantes. Hemos venimos alertando de manera individual y colectiva, y públicamente por medio de la prensa dominicana, a las autoridades locales con sinceras advertencias, estudios, sugerencias, planes, propuestas y proyectos, algunos personales y otros surgidos de conclaves nacionales e internacionales. Esto data de 1967 cuando empezamos a adquirir esa conciencia que nos llama a reflexión…

Por eso dejamos constancias de que no hemos sido responsables, ni directa ni indirectamente, de las malas prácticas de intervención urbana (no urbanística) en la capital dominicana y en otras ciudades del país.



Hemos querido decirlo así, dejando constancia y tras el aniversario de fundación de la histórica ciudad de Santo Domingo (5 de agosto).



Documento redactado el Día del Urbanismo Dominicano (4 de agosto) del año 2010.